GINEBRA.- El mundo de la diplomacia perdió ayer a uno de sus figuras más relevantes. Kofi Annan, el séptimo secretario genera de las Naciones Unidas y premio Nobel de la Paz falleció ayer en Berna (Suiza), tras padecer una breve enfermedad, a los 80 años. Durante sus nueve años de mandato al frente de la ONU (1997-2006), logró elevar en altura un cargo administrativo gracias a su carácter.

Annan será recordado como un dedicado filántropo cuya carrera se vio empañada por desagradables conflictos que se salieron de control. El ghanés no pudo llevar la paz a Siria y poner fin a los fracasos de la diplomacia en Ruanda, Bosnia, Darfur (Sudán), Chipre, Somalia e Irak, lo que probablemente ahogará los elogios por sus labores de mediación y sus esfuerzos para erradicar la pobreza y el SIDA, tareas que le valieron el Premio Nobel de la Paz en 2001.

Annan se crió en una cultura étnicamente dividida en su Ghana natal, pero en la que el diálogo era muy apreciado y el conflicto abierto era muy raro. Era una época de optimismo, cuando Ghana se dirigía a la independencia de Reino Unido. “Le motiva la idea de ‘no pienses que no’, siempre buscando el mejor resultado”, dijo una vez a Reuters Fred Eckhard, portavoz de Annan como secretario general.

Su reputación como mediador fue bruñida por su éxito al detener un espiral de conflicto en Kenia en 2007, cuando reclamaciones rivales a la presidencia causaron masacres étnicas en las que murieron más de 1.200 civiles.

Annan metió a los rivales en una habitación y les dijo: “sólo hay una Kenia”. Ayudó a convencer a uno de ellos para que aceptara el puesto de primer ministro en un gobierno conjunto. La violencia acabó. Sin embargo, anteriormente en su carrera, el historial de Annan fue menos exitoso. Era jefe de mantenimiento de la paz de la ONU en 1994, cuando reconoce que debería haber hecho más para ayudar a evitar la matanza de 800.000 tutsis y hutus moderados en Ruanda. El mayor reproche fue que Annan no actuó tras un telegrama del comandante de la fuerza de paz de la ONU, el general Romeo Dallaire, en el que instaba a actuar ante la acumulación de armas por parte de extremistas hutus mientras preparaban la matanza masiva.

“Creí en ese momento que estaba haciendo lo mejor que podía”, dijo Annan años después. “Después del genocidio me di cuenta de que había más de lo que podía y debía haber hecho para hacer sonar las alarmas”. (DPA-Reuters)